Por
Mamerto Menapace, publicado en Madera Verde, Editorial Patria Grande.
Vivía nuestra
ranita en una ciudad grande. Pero de la ciudad sólo conocía el arrebal donde
había nacido; era justamente la parte baja que las lluvias anegaban
periódicamente. Por allí las máquinas de la municipalidad casi no venían. Las
cunetas estaban siempre llenas de agua; las baldosas de las veredas, al estar
sueltas, solían jugar malas pasadas a los que caminaban por ellas; y los zócalo
de las casas se descascaraban un poco por todos lados a causa de la humedad.
No es que no
amara a su barrio. Pero aquellos detalles amargaban a la ranita, que prestaba
demasiada atención al ambiente que la rodeaba. Tenía algo de soñadora . Y lo
sórdido de las cunetas, zócalos y veredas, terminó por resultarle insoportable.
Su descontento tenía algo de contagiosos, y creaba clima a su alrededor. Porque
hay que reconocer que su alma de poeta tenía la rara cualidad de comunicarse y
transmitir sus sentimientos.
Muchas veces
había escuchado comentar la hermosura de las grandes ciudades, con calles
prolijas, plazas cuidadas y avenidas arboladas. Estas descripciones no hacían
más que aumentar su disgusto por todo lo desagradable que veía continuamente a
su alrededor. Y como le suele pasar a los soñadores, comenzó a polarizar sus
sentimientos. Todo lo desagradable, molesto y prosaico decidió que se había
dado cita en su ciudad natal. Mientras que todo lo lindo, lo armonioso y
elegante, debía encontrarse en la ciudad ideal que comenzó a imaginarse como
existente en algún lugar.
Por el bajo de
su barrio cruzaba justamente el ferrocarril. Allí las vías circulaban sobre un
alto terraplén que, a varios metros de altura, amurallaba el horizonte
impidiendo ver todo lo que quedaba del otro lado. Y nuestra ranita decidió,
vaya a saber uno por qué, que justamente detrás del terraplén debía estar la
ciudad magnífica de la que tanto le habían hablado. Y fue tal su convicción que
decidió trepar el terraplén a fin de gozar de la visión de aquella ciudad tan
distinta de la suya.
El trabajo fue
muy arduo. Porque nuestro animalito no tenía experiencia de salto en alto. Sólo
conocía el salto en largo. Pero esta de Dios que lo lograría, porque Dios ayuda
al que se esfuerza. Y la ranita alentaba su esfuerzo con el enorme deseo que
tenía de ver la ciudad de sus sueños. Y finalmente llegó a la cumbre del
terraplén.
Pero no vio
nada. El riel de hierro de una cuarta de altura le cortaba todo el campo visual
de izquierda a derecha en kilómetros de distancia. Por más que ensayó nuevos
saltos, nada logró ver. Pero no se dio por vencida. Se dio cuenta de que su
posición horizontal dejaba sus ojos por debajo del nivel de las vías. Otra cosa
sería que optara por la postura vertical. Y con un enorme esfuerzo, finalmente
se paró sobre sus patitas y con las manos apoyadas sobre el hierro extendió su
visita en lontanza.
Lo que vio la
dejó admirada. Realmente no lo hubiera esperado. Una hermosísima ciudad se
presentó ante sus ojos. Más allá de los barrios bajos se abrían hermosas
avenidas, casas de varios pisos, calles rectas y limpias. Las plazas eran una
belleza, y el río brillaba más allá enmarcando la ciudad. Embelesada, la ranita
se dijo a sí misma:
-Verdaderamente,
ésta sí que es una ciudad magnífica. La mía no tiene comparación con ésta que
estoy viendo. Desde hoy me voy a vivir a la ciudad de calles rectas y de plazas
arboladas.
Pero en
realidad la ranita al ponerse en vertical, no había visto lo que estaba delante
suyo, sino lo que había dejado a sus espaldas. Porque las ranas no tienen sus
ojos delante de su cara, sino encima de su cabeza. Y al ponerse en vertical, lo
que había descubierto era su propia ciudad, la que había dejado tras suyo al
subir al terraplén. Sólo que esta vez había tenido la oportunidad de verla desde
la altura y en plenitud. Pero era su misma ciudad natal, de la que ahora
lograba ver detalles que no conocía. O mejor dicho: antes había conocido de
ella sólo ciertos detalles. Justamente los más cercanos y quizá los más
prosaicos.
Entusiasmada
con lo que había descubierto decidió bajar hacia la ciudad nueva. Y en realidad
lo que hizo, fue simplemente descender hacia su propia ciudad de siempre. Pero
ahora llevaba en los ojos y en el corazón una visión distinta, una visión de
plenitud y de armonía totalizadora.
Al llegar a
las primeras cunetas de la ciudad se reencontró con los mismos detalles
prosaicos de siempre: las baldosas sueltas y los zócalos descascarados. Sólo
que ahora los veía con ojos distintos, mientras se decía:
-¡Bah! Estos
son sólo pequeños detalles molestos de una magnífica ciudad.
Y desde
entonces la ranita comenzó a ser feliz. Y como ella lo transmitía, los demás
comenzaron a ser felices a su lado. Lo que es la manera más auténtica de ser
felices.
Guía de Trabajo Pastoral por Marcelo A. Murúa
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